Religión
Argentina: Un Papa con vocación reformista que quiere salir al encuentro de la gente
Una cosa está bien clara con la elección de Jorge Bergoglio como Papa: la Iglesia acaba de producir un cambio relevante en el perfil de su conductor. Más allá de que las tradicionales etiquetas de conservadores y progresistas están hoy un poco desactualizadas para describir a los eclesiásticos –o que, sencillamente, quedan pocos progresistas a secas a medida que se asciende en la pirámide católica–, lo cierto es que el argentino llega a la silla de Pedro después de dos Papas que oscilaron entre conservador y muy conservador. Y si bien Bergoglio se cuidó de aparecer desmarcándose de ciertas posiciones de sus ahora antecesores, siempre prefirió las opciones más abiertas.
Es difícil no ver en ello un preanuncio de cambios en la Iglesia, al menos en el modo de aproximarse a los problemas y demandas de una modernización, y en la forma de testimoniar la fe.
Hay datos objetivos. Por caso, cuando comenzó a debatirse el proyecto de matrimonio gay en el país, Bergoglio propuso a todos los obispos optar por un estilo moderado. Acaso dejar abierta la vía intermedia de las uniones de hecho. En ello estaba su olfato político: sabía que Néstor Kirchner iba a jugar fuerte, presionando con buenas y malas artes a los legisladores. Pero, además, creía que no podía repetirse el modo desafortunado con que el Episcopado se había opuesto a la ley de divorcio. Pensaba, en fin, que la oposición cerrada era contraproducente. Fue la única vez que, como presidente del Episcopado, perdió la votación. El tiempo le dio la razón.
Otro dato: el año pasado sacudió a la Iglesia cuando, en una conferencia en la UCA, llamó "hipócritas y fariseos" a los sacerdotes que se niegan a bautizar a los hijos de madres solteras. Para Bergoglio, no sólo ese proceder es antievangélico y doctrinalmente desacertado, sino que se da de patadas con la prédica católica contra el aborto. Muchas de esas mujeres tuvieron la valentía y el acto de amor de traer esos hijos al mundo y nosotros no podemos ser tan necios, disparó, palabras más, palabras menos.
Los ejemplos sirven para mostrar, además, que más allá del reducido espacio doctrinario para producir cambios en la Iglesia, Bergoglio estuvo siempre dispuesto a avanzar en aquellos territorios en los que nada se lo impedía. ¿Acaso se animara a reconsiderar la negativa a que se dé la comunión a los divorciados en nueva unión y permitirla al menos en ciertos casos? Al fin y al cabo, Benedicto XVI nunca cerró la posibilidad. ¿Aceptará un debate sobre el celibato optativo o, al menos, la posibilidad de que se ordenen sacerdotes casados en zonas de gran escasez de sacerdotes? La lista de incógnitas es bien larga.
Sin embargo, hay otras cuestiones en las que sin dudas el flamante Francisco avanzará. De hecho, su elección supone –a la luz de los debates entre los cardenales en los días previos al cónclave– que promoverá una mayor colegialidad en la Iglesia, o sea, una mayor participación en las decisiones.
Los papados de Juan Pablo II –sobre todo– y de Benedicto XVI significaron un aumento del centralismo del Vaticano en detrimento de las conferencias episcopales. Una mayor participación abre esperanzas de mayor sintonía ante los diversos desafíos.
Además, su elección vuelve verosímil una reforma a fondo de la curia romana, sacudida por escándalos, casos de corrupción y pujas de poder. No es un secreto que Bergoglio siempre estuvo muy distante de la vieja guardia del Vaticano, encabezada por el ex secretario de Estado Angelo Sodano, una figura muy cuestionada. Con respecto a la Argentina, Sodano fue el principal arquitecto del lado vaticano de la enorme cercanía de la Santa Sede con el gobierno de Carlos Menem, para disgusto del grueso de los obispos argentinos, entre ellos el propio Bergoglio.
La elección del argentino crea las expectativas, además, de que América Latina –donde reside el 42 % de los católicos del mundo– sea más tenida en cuenta.
Pero, sobre todo, abre la esperanza de que la cuestión de las injusticias sociales recupere terreno en la atención de la Iglesia.
Bergoglio es un severo crítico de las políticas neoliberales.
En su momento, se rehusó a recibir a una delegación del FMI. Además, promovió la presencia de los curas en las villas de emergencia, si bien se preocupó para que la presencia religiosa en los asentamientos estuviera desprovista de ideologismo, ajeno a un compromiso evangélico.
Con todo, el mayor aporte que, en lo inmediato, introduce Bergoglio es un alejamiento de toda pompa y ostentación de poder. No es poco en una Iglesia y, en particular, un Vaticano que se ve muchas veces sólo como una suerte de multinacional de la fe con intereses más propios de este mundo que del más allá.
La elección de su nombre es sintomática: Francisco, que remite al santo que, en momentos de gran opulencia en la Iglesia, hace siete siglos, con sus harapos, e mprendió la más formidable renovación.
No se trata de una comparación, pero sí de una señal que habrá que atender.
Con todo, la urgencia de Bergoglio es detener la caída en que se encuentra la autoridad moral de la Iglesia después de tantos escándalos. Y volver a hacer creíble su mensaje religioso en medio de la pérdida de fieles, la escasa práctica y la indiferencia de la cultura moderna ante las creencias. Más que cambios, parece situar la prioridad en estar cerca de la gente con un testimonio coherente con lo que se predica, de comprensión y escucha. "No somos reguladores de la fe, sino facilitadores de la fe", dijo hace tres años, dando otra señal. Su mantra: salir al encuentro de la gente (llegó a proponer a sus sacerdotes alquilar garajes en las grandes ciudades para poner capillas y atender a la gente).
Lo cierto es que la elección de Bergoglio confirma que los cardenales optaron por un cambio relevante, cuanto menos de actitud. El tiempo dirá si lo dejaron hacer, si pudo y supo realizar las reformas. Qué tiene vocación de encararlas, no hay duda.
¿Por qué Francisco?
"¿Quo nomine vis vocari?" ("¿Con que nombre quieres ser llamado?"). Eso le preguntó el cardenal Giovanni Battista Re al argentino Jorge Mario Bergoglio. El nuevo pontífice respondió "vocabor Franciscus" (Me llamaré Francisco).
El cardenal protodiácono, el francés Jean Louis Tauran, había anunciado a la ciudad de Roma y al mundo que el nuevo Pontífice es el cardenal argentino, el primer latinoamericano que llega al trono de San Pedro y el primero que adopta ese nombre y también el primer jesuita.
El nombre adoptado por el sucesor de Benedicto XVI no sólo significa una preferencia, también pude ser una "indicación" de cómo será su pontificado. Sin duda, el nombre de Francisco refleja la influencia de los jesuitas en su vida personal y religiosa de Bergoglio, un jesuita austero que lleva una vida discreta y cultiva el bajo perfil.
Arzobispo de Buenos Aires y primado de Argentina, Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en el seno de una familia modesta de la capital argentina, hijo de un trabajador ferroviario de origen piamontés y de un ama de casa.
Egresado de la escuela secundaria como técnico químico, al cumplir 22 años se une a la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola, donde estudia Humanidades y obtiene una licenciatura en Filosofía.
Aunque no se formó bajo la orden de los franciscanos, Bergoglio pudo elegir el nombre de Francisco de Asís, el hijo de un rico comerciante que decidió servir a Dios y vivir bajo la más estricta pobreza y observancia de los Evangelios. La opción por los pobres era la única para este santo italiano y parece que serán los preferidos por el argentino durante su pontificado.
Otra posibilidad es que haya elegido ese nombre por Francisco Javier un religioso y misionero de la Compañía de Jesús y estrecho colaborador de su fundador que se destacó por sus misiones que se desarrollaron en el oriente de Asia y en Japón. Recibió el nombre de Apóstol de las Indias. Bergoglio conoce muy bien su legado. En el barrio de Flores, donde creció, pasó muchos domingos de su vida en la Iglesia de Santa Francisca Javiera Cabrini, una santa que siguió los pasos de su tocayo del siglo XVI. Bergoglio podría querer repetir también su camino.
En la lista de los nombres de los Pontífices faltaban hasta ahora, precisamente, Francisco, José, Santiago, Andrés y Lucas, entre otros.
Une elección que es similar a aquella del primer Papa, San Pedro, cuyo nombre de bautismo era Simón.
La costumbre de cambiar el nombre, explicó la radio del Vaticano, se adoptó a partir del año Mil para recordar que la elección para el sillón de Pedro es como un segundo nacimiento. El nombre más utilizado entonces es Juan, elegido por primera vez en 523 por San Juan I, Papa y mártir.
El alemán Joseph Ratzinger eligió como nombre Benedicto XVI en memoria de Benedicto XV, "un valiente y auténtico profeta de la paz ante el drama de la primera mundial", según confesó el 27 de abril de 2005.
"He querido al ser elegido Obispo de Roma y Pastor Universal de la Iglesia llamarme Benedicto XVI, para unirme idealmente al venerado Pontífice Benedicto XV, que guió a la Iglesia en un periodo difícil a causa del primer conflicto mundial", dijo.
Añadió que Benedicto XV "fue valiente y auténtico profeta de paz y trabajó con gran valentía para evitar el drama de la guerra y después para limitar sus nefastas consecuencias".
Albino Luciani, que sólo gobernó la Iglesia durante 33 días, eligió llamarse Juan Pablo I en honor de sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI, a los que admiraba.
Karol Wojtyla adoptó los dos nombres -la segunda vez que un papa tomaba un nombre doble- en homenaje a Juan Pablo I, a Juan XXIII y a Pablo VI.
Esa admiración por sus tres predecesores llevó a Juan Pablo II a ser enterrado bajo tierra, como Pablo VI, en el mismo lugar donde estuvo sepultado Juan XXIII y frente al sarcófago del "papa de la sonrisa", como se conoció a Luciani.
A lo largo de la historia de la Iglesia los Papas no siempre cambiaron de nombre. Hasta el año 532 todos los sucesores de San Pedro usaron sus nombres de pila y así encontramos a San Lino, San Anacleto, San Evaristo, San Alejandro, San Telesforo o San Igino.
Además del nombre se sabía de dónde procedían (Lino de Tuscia, Anacleto romano, Evaristo el griego, Telesforo el griego, Iginio el griego, entre otros).
Pero el 31 de diciembre del año 532 fue elegido papa Mercurio el romano. Mercurio era nombre pagano, por lo que el nuevo pontífice cambió de nombre y se llamó Juan II, en honor de su predecesor Juan I, un mártir de la Tuscia (zona del norte de Roma) que reinó en la Iglesia desde el 13 de agosto de 523 al 18 de mayo de 526.
Juan II fue papa hasta el 8 de mayo de 535 y a partir de ese momento muchos de sus sucesores le imitaron y comenzaron a cambiar el nombre de pila por el de apóstoles, mártires u otros papas.
Hasta ahora, el nombre más repetido ha sido Juan. El último que lo usó fue el cardenal italiano Angelo Roncalli, que decidió llamarse Juan XXIII (1958-1963).
Cuando Roncalli, que fue beatificado por Juan Pablo II, eligió el nombre de Juan los cardenales le recordaron que sería Juan XXIII, como un antipapa, a lo que él dijo que no tenía miedo a ser confundido con un usurpador de la cátedra de San Pedro.
"Me llamaré Juan, un nombre dulce y al mismo tiempo solemne", dijo el llamado Papa Bueno, cuyo corto pontificado fue muy prolífico. Escribió ocho encíclicas, entre las que destacaron "Mater et Magistra" y "Pacem in Terris", y convocó el importantísimo para la Iglesia católica Concilio Vaticano II.
Le siguen Benedicto XVI, tomado por el alemán Joseph Ratzinger (2005-2013), Gregorio XVI (el italiano Bartolomé Alberto Capellari, 1831-1846); Benedicto XV (Giacomo della Chiesa, 1914-1922); Clemente XIV (Giovanni Ganganelli, 1769-1774), León XIII (Vincenzo Gioacchino Pecci, 1878-1903), Inocencio XIII (Michelangelo Conti, 1721-1724) y Pío XII (Eugenio Pacelli, 1939-1958).
No importa su nacionalidad ni procedencia, los Papas -parece claro- no se llamarán Pedro. Ninguno de sus 265 sucesores se atrevió a ponerse el nombre del apóstol.
(Publicado por El Clarín - Argentina, 14 marzo 2013)
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