Lea el cuento completo.
Quien quiera celebrar un consorcio, examine primero las condiciones, después las propias fuerzas, y, finalmente, haga un cálculo de probabilidades. Fue lo que no cumplieron dos chicas de escuela, cuya historia voy a contar en tres hojas. Eran amigas, y no se conocían antes. Se conocieron allí, simpatizaron una con la otra, y trabaron una de esas amistades que resisten a los años, y son muchas veces el mejor recuerdo del pasado. Josefa tenía un año más que Laura; era la diferencia. Además de eso, eran las mismas. Igual estatura, igual índole, ojos iguales y misma fecha de nacimiento. Eran hijas de funcionarios públicos, ambas disponiendo de un cierto legado, que les dejara el padrino. Para que la semejanza fuera completa, el padrino era el mismo, un cierto comendador Brás, capitalista.
Con tal ajuste de condiciones y circunstancias, no precisaban nada más para que fueran amigas. La escuela las unió desde tiernos años. En fin de pocos meses de frecuencia, eran las más unidas criaturas de toda la escuela, a punto de causar envidia a las otras, y hasta desconfianza, porque como cuchicheaban muchas veces solas, las otras imaginaban que las ponían por un trapo. Naturalmente, las relaciones continuaron fuera de la escuela, y las familias se conectaron, gracias a las chicas. No digo nada de las familias, porque no es lo principal de la historia, y yo prometí escribir esto en tres hojas; basta saber que tenían todavía padre y madre. Un día, en la escuela, tenían once y doce años, Laura se acordó de proponer a la otra, ¿adivinen lo que? Vamos a ver si son capaces de adivinar lo que fue. Hablaban de la boda de una prima de Josefa, y ¿que se recordó la otra?
-¿Vamos a hacer un contrato?
-¿Para qué?
-Pero dígame si quiere…
-¿Pero si no sé lo que es?
-Vamos a hacer un contrato: casar en el mismo día, en la misma iglesia…
-¡Vale! Ni usted se casa primero ni yo; hay que ser en el mismo día.
-Justamente.
Poco valor tendría ese convenio, celebrado a los once años, en el jardín de la escuela, si nada más pasara; pero se pasó. Ellas fueron creciendo y aludiendo a él. A los trece años ya lo tenían ratificado siete u ocho veces. A los quince, a los dieciséis, a los diecisiete volvían a las clausulas, con una cierta insistencia que era tanto de la amistad que las unía como del propio objeto de la charla, que deleita naturalmente los corazones de diecisiete años. A los dieciocho años, cada una de ellas tenía aquél acuerdo infantil como un precepto religioso.
No digo si ellas andaban ansiosas de cumplirlo, porque una tal disposición de animo pertenece al numero de cosas probables y casi ciertas; de manera que, en el espirito del lector, podemos creer que es una cuestión vencida. Restaba solo que aparecieran los novios, y que ellos no aparecían; pero, a los diecinueve años es fácil esperar, y ellas esperaban. Sin embargo, andaban siempre juntas, iban juntas al teatro, a los bailes, a los paseos; Josefa salía de paseo con Laura ocho, quince días; Laura hacia lo mismo. Dormían juntas. Hacían confidencias íntimas; una refería a la otra la impresión que le había causado un cierto bigote, y oía la narración que la otra le hacía del mundo de cosas que había encontrado en ojos masculinos. De ese modo, ponían en común las impresiones y compartían entre si el fruto de la experiencia.
Un día, uno de los tales bigotes conquistó a Josefa. Ella desfalleció, y no era para menos; quiero decir, se dejó apasionar. Por su conmoción al contar el caso, a Laura le pareció que era una impresión más profunda y duradera que las de costumbre. Con efecto, el bigote aplicó otro golpe al corazón de Josefa, todavía más grande que el primero. Laura recibió la amiga, besó sus heridas, tal vez con la idea de sorber el mal con la sangre, y la animó mucho antes de pedirle al cielo muchos más golpes como aquel.
-Yo aquí – acrecentó ella – quiero ver si a mí se pasa el mismo.
-¿Con Caetano?
-¿Cuál Caetano?
-¿Otro?
-Sí, otro.
-¡Ingrata! ¿Pero usted no me dijo nada?
-¿Cómo si lo conocí ayer?
-¿Quién es?
Laura contó a la otra sobre el encuentro de unos ciertos ojos negros, mucho bonitos, pero un tanto distraídos, pertenecientes a un cuerpo mucho elegante, y todo junto haciendo un licenciado. Estaba encantada; no soñaba con otra cosa. Josefa (hablemos la verdad) no oyó nada que la amiga le dijera; puso los ojos en el bigote asesino y la dejó hablar. Al fin dijo distintamente:
-Muy bien.
-De manera que puede que en breve estemos cumpliendo nuestro contrato. En el mismo día, en la misma iglesia…
-Justamente – murmuró Josefa.
La otra dentro de pocos días perdió la confianza en los ojos negros. O ellos no habían pensado en ella, o eran distraídos, o volubles. La verdad es que Laura los quitó del pensamiento, y buscó por otros. No los encontró pronto; pero los primeros que encontró, los cogió, y los cuidó, porque eran para toda la eternidad; la prueba de que era ilusión es que, habiendo ellos de ir a Europa, en comisión del gobierno, no lloraron una lagrima; Laura quiso cambiarlos por otros, y raros, dos ojos azules muy bonitos. Estos eran dóciles, fieles, amigos y prometieron ir hasta el fin, si una enfermedad no les cogiera – una tuberculosis galopante los llevó a Campos do Jordão, y de allí al cementerio.
En todo eso, unos seis meses se pasaron. Durante el mismo plazo, la amiga no cambió de bigote, se correspondió con él, y nadie ignoraba más que entre ambos existía un lazo íntimo. El bigote le preguntó muchas veces si podía pedir su mano en matrimonio, pero Josefa respondía que no, que esperara un poco.
-¿Pero qué esperar? – él preguntaba, sin comprender nada.
-Una cosa.
Sabemos que era la cosa: era el convenio de escuela. Josefa iba a contar a la amiga las impaciencias del novio, y le decía riendo:
-Dése prisa…
Laura se apresuraba. Miraba a la derecha, a la izquierda, pero no vía nada, y el tiempo se iba pasando. Seis, siete, ocho meses. Al fin de ocho meses, Josefa estaba impaciente; ya hacía cincuenta días desde que dijera al novio que esperara, y la otra no hizo nada. Error de Josefa; la otra hizo algo. Mientras tanto, apareció una corbata en el horizonte. Laura transmitió la noticia a la amiga, que se alegró mucho o más que ella; le mostró la corbata, y Josefa la aprobó, tanto por el color, como por el lazo, que era una perfección.
-Habremos de ser dos parejas…
-Dos parejas lindas.
-Yo diría muy lindas.
Y rieran ambas. Una trataba de contener las impaciencias del bigote, la otra de animar la timidez de la corbata, una de las más tímidas corbatas que han caminado por este mundo. No se atrevía a nada, o se atrevía a poco. Josefa esperó, esperó, cansó de esperar; le parecía broma de niño; mandó a la otra al diablo, se arrepintió del contrato; perdió contacto con la amiga, peleó con ella por causa de una cinta o un sombrero; un mes después estaba casada.
Joaquim Maria Machado de Assis (Río de Janeiro, 21 de junio de 1839 - 29 de septiembre de 1908) fue un escritor, crítico literario y uno de los creadores de la crónica en Brasil. Fundó la Academia Brasileña de Letras.
Considerado el padre del realismo en Brasil, si bien de un realismo muy especial, con ecos de Sterne, escribió obras tan destacables como Memorias Póstumas de Brás Cubas, Don Casmurro, Quincas Borba y Memorial de Aires.