Migaleria
Tarragona, declarada Patrimonio de la Humanidad, ofrece playas y mucha historia

Primavera y verano todo el año. Así es Tarragona, ciudad española ubicada a orillas del Mediterráneo, a 92 kilómetros de Barcelona y una de las 4 capitales de Cataluña, a la que se le llega en tren, en carro y hasta en crucero. Una localidad que ha sabido combinar su legado romano y medieval con un trazo modernista, y de lo cual se llenan de orgullo sus 142.000 habitantes. No es de extrañar que al visitante le ocurra lo que al dios Júpiter que, según cuenta la leyenda, abandonó a su esposa Tíria al quedar prendado de Tarragona.
El espléndido clima, la gente amable y sonriente, los vestigios antiguos, las amplísimas playas azules y una gastronomía memorable atrapan desde el primer momento e invitan a pasar unas vacaciones al aire libre. A esta ciudad que parece un gran museo hay que visitarla sin prisas, y explorar las laberínticas y angostas calles empedradas para encontrar a su paso las huellas del pasado romano, civilización que dejó los mayores vestigios de en la zona. De hecho, Tarraco fue el primer asentamiento romano y es el más viejo de la península ibérica, data del siglo III a. C.
Las generaciones posteriores han sabido cuidar y respetar ese legado, tanto así que el conjunto arqueológico que se mantiene en la actualidad fue declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en diciembre del año 2000. Los 14 sitios que recibieron este reconocimiento fueron las murallas, el templo-recinto de culto, el foro provincial, el circo, el anfiteatro, el foro local, el teatro, la necrópolis, la villa de Centcelles, el acueducto, la torre de los Escipiones, la cantera del Mèdol, la villa de Els Munts y el arco de Berà.
Una joya amurallada. Al casco antiguo lo rodean 1.100 metros de la antigua muralla romana, cuya construcción se inició en el siglo II a. C. con bloques de piedra extraídos de la Cantera del Mèdol, de la que se conserva una aguja de 16 metros de altura.
De la ruta romana las paradas obligadas son el circo, construido en el siglo I d. C., cuya cabecera es la que mejor se conserva de toda Europa y desde donde se puede contemplar una de las vistas panorámicas más hermosas de la ciudad; y el anfiteatro, que data del siglo II d. C., tenía capacidad para 14.000 espectadores que acudían a espectáculos de gladiadores y fieras salvajes. Del recorrido modernista son imprescindibles las visitas al Teatro Metropol, una joya arquitectónica construida en 1908 por el tarraconense Josep Ma Jujol, discípulo de Gaudí.
También es un verdadero placer dar largos paseos por el Balcón del Mediterráneo, bien sea de día o de noche, para disfrutar de cerca todo el esplendor del mar que está a pocos metros de distancia y desde donde se logran fotografías de postal. Este pasaje está decorado con una hermosa baranda de hierro forjado que data de 1889. Los visitantes más activos podrán recrearse en el puerto deportivo, el parque subacuático, la cueva urbana, un campo de golf y las piscinas climatizadas. Lo que no se puede dejar de disfrutar son los 15 kilómetros de costa que dan origen a las playas tarragonesas de fina arena y aguas cristalinas, esa maravilla tan propia del Mediterráneo, que resulta ideal para los amantes de los deportes náuticos como vela, windsurf, remo, esquí y submarinismo.
El clima benévolo invita a largos paseos nocturnos, antes y después de la cena en alguno de los restaurantes o cafés que funcionan en antiguas casas de piedra que conservan huellas del pasado milenario e incluso de antiguos habitantes. Hay que degustar el plato típico por excelencia: el romesco, una salsa espesa a base de frutos secos propios del campo de Tarragona, como las almendras y las avellanas tostadas, que acompaña pescados como rape, lubina y merluza o frutos del mar como mariscos, langostinos y cigalas, cocidos en olla de barro, y acompañar con alguna selección de la amplia carta de vinos de denominación de origen de la zona. Azul, mucha luz y serenidad esperan al visitante en Tarragona.
(Publicado por El Comercio - Ecuador, 7 mayo 2012)